Son vísperas. El
calendario nos muestra ya el fin de nuestra particular cuenta atrás. La
Cuaresma va llegando a término y asoma ya la tan ansiada Semana Santa de 2018.
Los preparativos se reducen a simples retoques y últimos montajes tras triduos,
quinarios, vía crucis, pregones, presentaciones de carteles, ensayos, charlas
de formación… Es inminente la llegada de esos días mágicos en los que la
Iglesia de Granada sale a las calles para mostrar su catequesis de amor hecha
imaginería, música y penitencia de hermanos que alumbrarán el paso de sus
titulares.
En Cruz de Guía os seguimos informando al detalle. También lo haremos
una vez pasada la semana mayor, como también hará el discurrir de la vida
cofrade, que no se debe perder mes alguno del año.
En este Viernes de
Dolores, previo a la Semana Santa, queríamos tener en nuestra sección de
entrevistas un encuentro especial. Hoy hablamos y conocemos #DeCerca con Monseñor Javier Martínez,
Arzobispo de Granada.
-Monseñor,
estamos a unos días de la mayor manifestación de fe en las calles de Granada.
Son
días muy especiales para la Iglesia, para toda la Iglesia. Porque en ellos
conmemoramos y deseamos que se haga presente en nuestras vidas el Amor que hace
bella y vivible la vida humana. Proclamamos en todas las estaciones de
penitencia ese Amor y para mi son días también de estar “en capilla” por lo que
representan y por lo que significan también para la vida de un pastor vivirlos
junto con su pueblo.
-Está claro que la fe de lglesia es mucho más que procesiones y
manifestaciones de fe, pero es evidente la fuerza de los cristianos de la
ciudad e incluso de la archidiócesis en dos días grandes como son el Corpus
Christi y el día de la Virgen de las Angustias. ¿Cómo ve el pastor de la
Iglesia de Granada a sus fieles? ¿Cómo definiría al pueblo de Granada?
Es
muy difícil definir aquello a lo que uno ama como a su propia vida. Pero yo lo
definiría como un pueblo que siente de manera muy viva la necesidad de Dios y
la necesidad de ese Amor de Dios que se celebra en la vida cristiana, los
acontecimientos de la vida cristiana. El Corpus es el día de la Presencia, es
el día que proclama y vive la Compañía presente de Dios hacia su pueblo en
camino. El día de la Virgen de las Angustias es el día en que el pueblo
cristiano vuelca su corazón delante de la Virgen pidiéndole que nunca le falte
esa compañía, ese consuelo y esa certeza de que ya se nos ha sido entregada en
la Cruz. Es nuestra intercesora.
-Ahora
volveremos a tratar los temas cercanos a la realidad eclesial de la ciudad y
también la de nuestras hermandades y cofradías, pero queremos conocerle personalmente.
¿Cómo fue la niñez y juventud de Javier Martínez?
La
niñez fue muy bonita, repartida entre un barrio de Madrid, donde todavía había
vida de barrio y los niños jugábamos, y corríamos, y saltábamos por la calle;
jugábamos al balón, y apartábamos el balón cuando oíamos el motor de un coche,
en Argüelles. Y los veranos pasados en un valle bellísimo, en un rincón de la
montaña de Asturias, ayudando a los campesinos a cortar el heno y a llevarlo a
casa y a cuidar de los terneros y de las vacas, en los prados, y contemplando
la niebla –diríamos- corretear entre los bosques de castaños y robles, y jugando
en un arroyo, pequeño pero lleno de vida y de alegría, con la familia de mi
madre. No puedo mas que dar gracias por una infancia vivida muy gozosamente, con
mucha sencillez. Un niño que terminó encontrando una gran panda de amigos de su
edad en la parroquia donde estaba y a donde fue en busca, sobre todo de un futbolín,
y supongo que de amigos.
Y
en esa parroquia nació también mi vocación. Yo me fui al seminario con 11 años.
Y había empezado a ir a la parroquia porque había un futbolín y allí podía
pasar las tardes jugando con otros chicos de mi edad del barrio. Y había un
cura bueno, un buen cura, que estaba con nosotros. Nos enseñaba a ayudar en
misa, nos llevaba de vez en cuando de excursión y estaba pasando allí el tiempo
con nosotros. Y un día llegué a casa diciendo que quería ser cura y que me iba
al seminario.
En
el Seminario Menor continué aquella infancia feliz y traviesa. Teníamos un
grupo scout que nos lo pasábamos muy bien y hacíamos todas las travesuras
propias de niños jugando al baloncesto y al frontón, y al fútbol, y haciendo
obras de teatro. Lo pasábamos verdaderamente muy bien. Yo tengo un recuerdo de
mi Seminario excelente. Un Seminario muy sano, muy fresco, muy oxigenado, y
diría, muy divertido. Es obvio que cuando uno decide finalmente ser sacerdote
es en la edad de en torno a los 17 o 18 años. Y doy muchas gracias a Dios por
los formadores que tuve, especialmente por un padre espiritual, que nunca me
presionó para que fuera sacerdotal, sino que siempre me decía que el Señor
quería mi felicidad, que era yo quien tenía que ver delante de Dios que era lo
que a mí me llenaba más el corazón.
La
verdad es que me gustaban muchas cosas, porque desde niño me gustaba la
literatura, me gustaba el arte, me gustaba todo lo que tuviera que ver con el
arte en todas sus formas, me gustaba mucho el teatro y el cine. Y lejos de
invitarme a reprimir aquello que podría tal vez alejarme de Dios y de mi
vocación, siempre me decían que todo lo que había de bello y de bueno era un
reflejo del Señor; todo lo que había de bello y de bueno en el mundo era un
reflejo del Señor, y que si el Señor quería que fuera director de cine, la
Iglesia me ayudaría a ser un buen director de cine.
Haber
sido educado así lo considero una gran gracia en mi vida.